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Observando mi mirada

Observando mi mirada

Es imposible hablar para todo el mundo; el mundo es demasiado grande.
   
Aunque sólo existieran veinte personas en el planeta,
        el mundo seguiría siendo demasiado grande.

Por primera vez hay ojos que vigilan lo que escribo. No soy culpable pero de alguna manera debo esconderme. Siento que me abandonan las fuerzas para hacer algo grande, mientras vuelvo a saborear como el valor se escurre de las cosas cuando están cerca; cómo un centelleo lejano es capaz de cegar, o cuanto menos deslumbrar mi cordura; y sin ella, me pregunto si alguna vez la tuve. Una mano se me tiende y me invita a "regresar a mis cabales", pero creo que sólo intenta engañarme. Decido no seguirla y huir, pero sé que pronto seré tentado, presa del eco de mi propio pasado, que dicta y dicta sobre hechos que no han sido bautizados.

Me acerco al altar y escribo en el aire su nombre, que no me atrevo a pronunciar, pero que me arropa sin saberlo. Sus ojos se abren en mi mente, y su belleza me inunda. De momento te tengo lejos, pero te tengo, porque si nuestros destinos se cruzan, acabarás en mis brazos, aunque sea un instante, que desafiará a la eternidad. Por tanto, ya estás aquí; sólo he de esperar a poder verte. Mi amor me permite sentirte.

Lo que hace especial a nuestro objeto de amor, no es tanto la cosa sino el sentimiento, que de alguna manera forma parte del objeto mismo; cuando no es posible separar qué es lo amado, y qué soy yo. Cuando amar me permite amarme, y amarme me permite amar.

Uno de los verdaderos problemas de este mundo es que su fealdad no tiene remedio. No es una cuestión de acabar con lo que está mal; es imposible, porque la maldad es escurridiza como un atardecer. No es una cuestión de belleza, sino de amor y libertad, en un mundo que ha invertido mucho en la represión. Ponemos demasiadas condiciones para amar, y no nos permitimos hacerlo sin cuestionar; ¿cómo? Si un desconocido nos ofrece su amor sin una debida justificación, debemos rechazarlo y ponernos en lo peor; esta es una de las verdaderas fealdades del mundo, y no tiene remedio.

Para avanzar hacia la llama que en ocasiones se presenta como un destino, es precisa la pasión de quien no duda ni vacila en actuar, y no menos la indiferencia de quien sabe dónde va. El logro supremo se alcanza cuando fuerzas de todas direcciones le asedien para destronarlo, como la noche llega, una y otra vez, y éste sea capaz de evitar que mellen su confianza o desvíen su atino.

El amor, no como sentimiento posesivo, sino fundamentado en la plenitud del individuo, evitaría muchas atrocidades provocadas por la búsqueda de algo que no está permitido; por no poder saciar el hambre del vacío, en un mundo que nos inunda. Por no poder dar algo pequeño, pero muy real, algunos nos veremos empujados a ir muy lejos en pos de sustitutos que serán un eco lejano, frío y amortiguado, del cálido sosiego del amor tras un abrazo, un beso,... un adiós.

Para recordarle a alguien quiénes somos, tomale la mano; lo demás se cuida solo.

Palabras y reverencias no podrán igualar la entrega, por humilde que sea; pero no permanezcas en silencio; susurra todo aquello que te arrepentirías haber callado, y siente y expresa, sin barreras, sin límites.

David Senabre Albujer

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