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El silencio

El silencio

La oscuridad de un mar abierto vacío de vida,
   
encierra el tesoro del silencio, lejos del ser humano,
        que enseguida escucharía el sonido de las olas.

 

El silencio es una actitud mental. Siempre existe algún murmullo río abajo, en algún rincón de mi mente; algún lejano zumbido atrapado en mis oídos: el silencio de mi propia voz que susurra "silencio". Cuando nos negamos a sacar de donde aún queda, algo nos salpica. Del mismo modo sucede con el silencio, que al buscarlo nos salpica, pues siempre queda algo en la mente; en el oído como eco; en la voz, por decir.

El silencio no puede lograrse, sólo intentarse; la mente lo crea cuando se convence de que en realidad existe, del mismo modo que vence el sueño. La actitud mental de silencio es aquella donde hay comprensión sin palabras, donde las salpicaduras del propio silencio no importan. Fuera de ese espacio, es sólo el instante entre dos notas, que pronto se desvanece, arrastrado por el incesante fluir de la música que no conoce la muerte; la música que quedará atrás cuando marchemos.

El silencio es un intermediario. La mente crea el silencio, y el silencio permite la expresión de la mente; no de las conductas, actitudes y conocimientos que hemos desarrollado, sino de aquello más puro en nosotros mismos.

El silencio es un privilegio de la muerte que puede saborearse en vida. Su percepción es por ello, personal y siempre frugal, siempre pasajera. Del mismo modo que el ruido es la manera en la que percibimos un cierto tipo de energía, el silencio es la forma en la que experimentamos nuestra mente en calma. Es tan sólo engañosamente objetivo. El silencio es la expresión subjetiva de la muerte; elegir mientras estamos a tiempo, lo que no podremos rechazar llegado el momento.

 

El silencio me recuerda que ésta es sólo una parada en un viaje cuya ruta desconozco; me recuerda cuál es el final del trayecto, y a la vez, que hay mucho más poder en mí mismo para virar el curso de mis pasos. En ocasiones no llegamos a tiempo. Otras, creemos no haber llegado, y más tarde descubrimos que sí; que todo llegó en su momento. A veces debemos ir a ciegas para acertar.

David Senabre Albujer

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